Monday, December 24, 2007

Viagem no Oriente, Le Corbusier

Una fiebre sacudía mi corazón. Habiamos llegado a Atenas a las once de la mañana, pero yo inventaba mil pretextos para no subir "ahi arriba" Finalmente le expliqué a mi buen amigo Auguste que no subiria con Que una ansiedad me oprimía, que estaba en una excitación extrema y que tuviera a bien dejarme solo. Bebi café toda la tarde, y me absorbi en la lectura de una voluminosa correspondencia recogida en Correos y que remontaba a cinco semanas. Después recorri las calles esperando que el sol bajara deseoso de terminar la jornada "ahi arriba", y que, una vez abajo, no me quedara más que ir a acostarme.

Ver la Acrópolis es un sueño que se acaricia sin imaginar siquiera realizarlo. No sé muy bien por qué esta colina encubre la esencia del pensamiento artistico. Sé medir la perfección de sus templos y reconocer que en ninguna otra parte son tan extraordinarios; y he aceptado desde hace mucho tiempo que aqui esté como el depósito del calibre sagrado, base de toda medida de arte. ¿Por qué esta arquitectura y no otra? Quiero creer que la lógica debe explicar que todo está aqui resuelto según la más insuperable fórmula; pero el gusto, mejor dicho el corazón, que conduce a los pueblos y dicta su credo, qué, a pesar de un deseo a menudo de sustraerse a se lleva de nuevo, por qué lo llevamos de nuevo a la Acrópolis, al pie de los templos? En mi es un problema inexplicable. veces toda mi persona se ha dejado llevar por un entusiasmo absoluto ya frente a las obras de otras razas, de otros periodos, de otras latitudes! por qué, después de tantas otras debo designarlo como el Maestro incontestable el Partenón, cuando surge de su bandeja de piedra e inclinarme, incluso lleno de cólera, ante su supremacia?

(...)

Con la violencia del combate, su gigantesca aparición me pasmó. El peristilo de la colina sagrada estaba franqueado, y único y cuadrado, del único trazo de sus bronceados fustes, el Partenón alzaba el entablamiento, esa frente de piedra. Unas tarimas en la parte inferior, servian de soporte y lo exalzaban con veinte repeticiones. Nada existia más que el templo y el cielo y la zona de las losas atormentadas por siglos de depredaciones. Y ya nada de la vida exterior se manifestaba únicos presentes, el Pentélico a lo lejos, acreedor de esas piedras, portador en su falda de la marmórea herida y el Hymeto coloreado con la más opulenta púrpura.

Habiendo escalado unos peldaños demasiado altos, no tallados a escala humana, entre el cuarto y el quinto fuste acanalado, entré en el templo por el eje. Y habiéndome vuelto de repente, este lugar antaño reservado a los dioses y al sacerdote, abrazaba todo el mar y el Peloponeso; mar flameante, montaíias ya oscuras, pronto mordidas por el disco solar. El precipicio de la colina y la sobreeelevación del templo por encima de las losas de los Propileos, poesia metopas apartan de la percepción cualquier vestigio de vida moderna, y, de una vez, dos mil años son abolidos, una áspera sobrecoge; la cabeza hundida en el hueco de la mano, caido sobre uno de los peldaños del templo, sufres la sacudida brutal y te mantienes vibrante.

El sol poniente golpeará con su último dardo esa frente de y de liso arquitrabe y, pasando entre las columnas, atravesando la puerta abierta al fondo del pórtico, despertaria, si no estuviese dispersa desde hace mucho tiempo, la sombra agazapada al fondo del palco privado de su techo. De pie sobre el segundo escalón norte del templo, en el lugar preciso en que cesan las columnas, seguia al nivel de los tres peldaños, la persecución de su horizontalidad más allá del golfo de Egina. Y a mi espalda izquierda, elevándose en una extensión formidable, la pared ficticia que constituye la repetición de los canales vivos de los fustes, tomaba la fuerza de una inmensa estructura blindada de acero, y las "gotas" de los mútulos invocaban sus remaches.

Exactamente a la hora en que el sol da a tierra, un silbido estridente echa al visitante y los cuatro o cinco que han peregrinado desde Atenas, vuelven a pasar el blanco umbral de los Propileos, luego una de las tres puertas y deteniéndose impresionados antes de iniciarse la escalera, midiendo a sus pies como un precipicio de penumbra; y encogiéndose de hombros, sienten chispear, inabarcable como el mar, un pasado espectral, una presencia ineluctable.

Era el año del gran cólera en Oriente y ningún extranjero corría riesgos allí.

colufinas

(...)

Desde la cima de la colina el cerrado contorno oprime, por sus peldaños, los templos, y lanza al cielo sus apiñadas de diversas formas. Sobre el declive de la que conduce al Partenón, los peldaños tallados en el mismo peñasco, oponen una primera barrera. Pero por encima de ellos están los grandes escalones de mármol, obstáculo decisivo para la escalada del hombre. Los sacerdotes salían del palco y bajo el pórtico, sintiendo a su espalda y a sus flancos, el regazo de los montes, su mirada horizontal por encima de los Propileos, se dirigía al mar y a los montes lejanos que éste baña. En la mediana del estuario en cuyo fondo se levanta el templo, el sol describe su curso hasta el ocaso; y en la época de los calores caniculares, su disco toca las tierras por la tarde en el mismo eje del templo. La corona de piedra que limita el altiplano tiene el don de sustraer toda sospecha de vida. El espíritu despierto se embarga y se sumerge aturdido, en una que no es necesario reconstruir. Ya que también sería hermoso, que independientemente de la realidad -esos templos, este mar, esos montes, toda esta piedra y este agua-, fuesen aunque sólo por una hora, el sueño intrépido de un cerebro creador.

Extraordinario!